UNA OPORTUNIDAD PARA EL OSO
El futuro de la especie pasa por reunificar sus dos núcleos, y ese objetivo exige una política valiente.

Por Luis Mario Arce (Diario La Nueva España)

¿Se está recuperando la población cantábrica de oso pardo? ¿Se han adoptado las medidas necesarias y  adecuadas para alcanzar ese objetivo? Estos son los interrogantes más trascendentales que planean sobre la revisión del Plan de Recuperación del Oso Pardo en Asturias, actualmente en tramitación. El propio borrador responde a ambas preguntas afirmativamente. Se habla de una "ligera recuperación" y de un plan que "parece haber sido capaz de frenar la tendencia regresiva de la población".

Los datos que sostienen la primera afirmación corresponden a los últimos siete años y se basan en las observaciones de osas con cría. Un periodo demasiado corto y una información relevante pero no definitiva, porque lo  realmente significativo sería la tasa de supervivencia de los oseznos: de nada sirve que nazcan 13 ó 14 "esbardos", si luego no sobreviven a su infancia o a su temprana juventud; si no aportan material reproductor y vitalidad colonizadora a la especie (un 40% de las crías muere antes de cumplir los 17 meses y existe también una mortalidad anormalmente alta entre los subadultos; en ambos casos, la pérdida de hembras, aparentemente minoritarias, tiene un efecto catastrófico sobre la demografía).

El hecho es que la población no aumenta (se barajan cifras de entre 70-100 ejemplares: de 50 a 75, según las fuentes, en el núcleo occidental y 20-25 en el oriental, donde en 1993-95 se individualizaron genéticamente 22 osos, dos de ellos muertos poco después). Al menos, desde finales de la década de los 80, si parece haberse detenido su regresión. Ya es algo: el lince ibérico y el águila imperial ibérica, dos especies exclusivas de la fauna española, también gravemente amenazadas de extinción, siguen disminuyendo pese al esfuerzo invertido en su conservación.

Los osos parecen responder mejor a los planes de recuperación o a las nuevas situaciones de su medio. Pero quedan en el aire varias incógnitas inquietantes: ¿por qué mueren prematuramente?, ¿qué factores determinan una supervivencia infantil y juvenil tan baja?, ¿afectan más a las hembras?, ¿por qué? Son preguntas que requieren respuestas concretas e inmediatas. Respuestas que aún no tenemos. Sí sabemos que la muerte anual de un único individuo representa un nuevo paso hacia el punto sin retorno de la extinción.

Otro dato que ensombrece el optimismo de ese diagnóstico es la falta de ampliación del área de distribución del oso, más allá de esporádicas andanzas de individuos de la población occidental hacia los montes de Aller, traspasando el corredor del Huerna. Aunque también es muy positivo que se vaya venciendo esa barrera humana que consolidó el proceso histórico de fragmentación del que han devenido las dos subpoblaciones actuales. Ahora bien, queda mucho por hacer para que el Huerna deje de ahuyentar a los osos. Y el gran objetivo, conectar los dos núcleos, sigue perteneciendo al terreno de la utopía. Sin embargo, es una meta irrenunciable, y así los entienden todos los expertos. Los 70-100 osos que quedan en la Cordillera tendrán muchas más oportunidades de sobrevivir juntos que partidos en dos núcleos -uno de ellos, el oriental, con un alto índice de cosanguinidad y con una tasa de natalidad ínfima- separadas por un vacío de entre 30 y 50 kilómetros. Romper ese aislamiento debería ser una prioridad absoluta. Con su consecución no solo saldría ganando el oso, sino toda la fauna de la Cordillera y, en particular, el urogallo cantábrico, en no menor riesgo de extinción que el plantígrado, y el pico mediano, muy raro en Asturias, con apenas media docena de localidades.

Para alcanzar ese objetivo, o al menos para llegar lo más lejos posible en su cumplimiento, es necesaria una política más agresiva, más valiente, más estricta. Una política que no tema paralizar, en su caso destruir, infraestructuras claramente dañinas para el oso, como se ha hecho en otras zonas oseras de Europa. Que no tema perseguir y castigar con todo rigor a quienes, de forma directa (furtivos) o indirecta (pirómanos), contribuyen a debilitar la situación de la especie. Que no tema restringir la caza, o el turismo, en donde cualquiera de estas actividades pueda influir negativamente en la selección de hábitat del oso. Una política que no se ampare en subterfugios para consentir actividades tan destructivas como la minería a cielo abierto (ahí está el caso sangrante de Cerredo) y que imponga de una vez criterios conservacionistas en la política forestal, que no existen ni siquiera en los montes con ordenación (Peloño, en Ponga y Monte Grande, en Teverga, han sufrido actuaciones lamentables en los últimos años) y no que refleja el Plan Forestal de Asturias que regirá la gestión del bosque en las próximas seis décadas...

Una política, en fin, que aplique los conocimientos (la información recogida en los trabajos de campo, la cartografía ambiental) y que utilice los instrumentos legales (ley de urbanismo, planes de aprovechamiento forestal, evaluciones de impacto) para garantizar unos montes habitables por los osos.

En ese camino hay infinidad de obstáculos, de intereses. Y si no existe voluntad de vencerlos, ni siquiera de oponerse a ellos, el oso está condenado.

Proyectos como las estaciones de esquí de Fuentes de Invierno, del Pico Torres o de Peña Rueda deben ser archivados automáticamente. O las carreteras de Ventaniella y de Ricabo a Puerto Ventana. Y lo mismo los embalses del Huerna, del Aller y de Caleao, que ha vuelto a "venderse" ahora con el señuelo de la financiación privada después de que el Estado lo dejara sin fondos y los políticos camuflaran el vacío presupuestario con una supuesta reflexión sobre su impacto ambiental (un embalse en el interior de un parque natural; en un valle habitado por el urogallo, el azor y el pico mediano; que afecta a un área de ocupación potencial por el oso pardo; en una cuenca que tiene ya dos grandes embalses: ¿qué dudas hay? Ninguna, y nadie ha justificado con datos y cifras, la necesidad de la obra para el abastecimiento de agua). Cualquiera de esas infraestructuras sería un paso atrás, y un paso definitivo hacia el precipicio al que se asoma desde hace décadas el oso pardo.

De igual modo, la gran obra de la variante de Pajares debería someterse a un férreo estudio de impacto ambiental, porque está en la zona de fractura de la población osera y por coherencia con los esfuerzos de restauración ambiental invertidos para reparar el daño fatal de la autopista del Huerna. Actuar de otra manera implicaría volver a partir de cero. Y al oso no le queda tanto tiempo.

Por Luis Mario Arce (Diario La Nueva España)

14-noviembre-2001

 

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