El Pirineo y la Cordillera Cantábrica cubren de un extremo a otro el norte de la
península Ibérica, a lo largo de una cadena montañosa de casi 900 kilómetros de
longitud que une el Cantábrico con el Mediterráneo y separa a España de Francia.
En este amplio territorio sobreviven las últimas poblaciones de oso pardo de la
Península, que estaban unidas entre sí hace apenas unos 300 años. Ahora cada núcleo
osero se encuentra aislado de los demás. Así pues, tanto en la Cordillera Cantábrica,
con su punto más occidental en los Ancares gallegos, como en el Pirineo, en la
confluencia de Navarra, Aragón y Francia, sobreviven los últimos osos pardos. Ya no
quedan más refugios para este emblemático mamífero que, tras abandonar los llanos y las
mesetas por la persecución del hombre, ha terminado por recluirse en las montañas.
El extremo norte de los valles de Aragües, Hecho y Ansó (Huesca) y los altos valles del
Bearn francés son el último refugio de los osos pirenaicos. En el valle de Roncal
(Navarra) su presencia es hoy en día esporádica. En las montañas cantábricas su mejor
refugio se encuentra en las reservas cinegéticas de Saja, Fuentes Carrionas y Riaño
(núcleo oriental) y en Somiedo y los Ancares (núcleo occidental).
El oso es un verdadero termómetro viviente de la calidad del medio natural. Donde hay
osos, hay riqueza de flora y fauna.
El oso no vive únicamente en la alta montaña, sino que utiliza el fondo de los valles,
los bosques y los pastos, desplazándose desde los 900 metros de altura (500 metros en la
vertiente norte francesa) hasta por encima de los 2.000. Curiosamente, en la zona
cantábrica algunos osos llegan hasta zonas cercanas al mar, a unos 200 metros de altura,
donde llega por pasillos forestales que cubren las laderas de los valles. Tanto en el
Pirineo como en la Cordillera Cantábrica, la vida del oso está íntimamente vinculada a
la del hombre.
Hasta mediados de este siglo, unos 70 osos ocupaban toda la Cordillera Pirenaica, pero hoy
no sobreviven en ella más de ocho individuos. El panorama de la población cantábrica es
un poco más esperanzador, ya que cuenta con entre 60 y 80 ejemplares, aunque su
disminución también ha sido muy rápida. Se estima que a finales del siglo pasado podía
haber no menos de mil osos.
Los osos pesan de 80 a 300 kilos y pueden vivir de 25 a 30 años. Su pelaje varía desde
un color blanquecino hasta marrón oscuro, según los individuos y la edad. La búsqueda
de comida es su actividad principal, para lo que se guía por un olfato y un oído
extraordinarios, ya que su vista es deficiente. Para andar se apoya sobre las plantas de
sus patas, lo que le ha valido el apelativo de plantígrado. Gracias a sus potentes
garras, el oso trepa, arranca, recoge y caza con facilidad. A veces se pone de pie,
normalmente cuando está alarmado o quiere intimidar.
PRIMAVERA
En primavera, el oso se despierta después de un largo sueño invernal al que ha hecho
frente gracias a sus reservas de grasa. La subida de las temperaturas y la fusión de la
nieve son su despertador. Fuera de la osera, conforme se va derritiendo la nieve, renace
la vida.
Entre abril y
mayo, el alimento es escaso todavía, de manera que el oso pasa la mayor parte del tiempo
recorriendo su territorio para encontrar algo de comer. Es muy activo y se muestra
incansable en sus largas caminatas. Esta es la época más propicia para encontrar
señales de su presencia. Además, gracias a la humedad, es el momento más favorable para
estudiar sus movimientos. A través de la observación de huellas e indicios de actividad,
una red de naturalistas y guardas de España y Francia estudian desde hace años las
poblaciones pirenaica y cantábrica de oso pardo.
El seguimiento permite determinar el número de osos y su área de distribución, así
como localizar los lugares donde llevan a cabo sus actividades vitales (reproducción,
alimentación, descanso).
Una de las técnicas empleadas es la medición de huellas. Otro método es el estudio
genético de los individuos a partir del análisis de las raíces de los pelos que pierde
en los lugares que frecuenta. Este seguimiento es indispensable para proteger los
hábitats del oso y establecer una política de conservación y de recuperación de la
especie en el Pirineo y la Cordillera Cantábrica.
También en primavera, el oso, animal solitario, inicia su vida social. Se frota contra
los árboles para marcar su territorio, dentro del cual conoce hasta el más mínimo
recurso existente, ya que todo ello lo aprendió mientras estuvo en compañía de su
madre.
En los hayedos pirenaicos el oso se alimenta de lúzulas y hayucos, mientras que en los
robledales cantábricos lo hace con las bellotas que se han conservado bajo la nieve.
¿Cómo sabemos lo que come? Pues analizando sus excrementos y observando los restos de
comida.
Busca larvas de insectos en la madera de los troncos podridos y consume helechos y yemas
vegetales. Es un oportunista muy bien adaptado a la montaña. Es capaz de cubrir con ramas
y nieve un cadáver de rebeco o de venado para volver a comérselo varios días después.
También sabe donde encontrar y saquear las reservas de tubérculos que acopiaron los
ratones de campo durante el verano anterior. El oso es un animal omnívoro, con una dieta
muy variada, compuesta en un 90% por vegatales e insectos. En cada estación adapta su
dieta a los recursos que le ofrece la montaña y por eso es importante que disponga de
sitios donde se sienta seguro para alimentarse tranquilamente.
Al final de la primavera, la nieva deja libres los pastos, el urogallo se prepara para el
celo y los lirones despiertan. El ganado regreso de los valles o sale de las parideras
donde permaneció estabulado durante el invierno.
En las montañas, el paisaje actual es consecuencia de las actividades humanas. El oso y
toda la fauna silvestre comparten los pastos y los bosques con el hombre y sus ganados,
dando lugar a un complicado ecosistema en el que desde los hervíboros hasta las aves
carroñeras, todos ocupan un lugar en la cadena de la vida.
Mientras, en el bosque, la jabalina está muy atareada consiguiendo alimento para sus
rayones. El urogallo se sube a su cantadero para llamar la atención de los urogallinas.
Allá por el mes de mayo, la osa sale de su cubil acompañada de una o dos crías, que
nacieron en pleno invierno en el interior de la osera y han vivido a expensas de las
reservas de su madre, quien las amamantaba mientras en el exterior la supervivencia era
imposible.
Al final de la primavera, cuando los oseznos pesan unos cinco kilos, empieza un esmerado
proceso de educación durante el cual la madre les enseña todos los recursos y los
peligros de su hábitat. El apredizaje durará por lo menos hasta que las crías tengan
año y medio, momento en el que se volverán independientes. Durante el primer año de
vida la mortalidad natural suele ser muy alta.
Cuando los osos jóvenes alcanzan la madurez sexual, hacia los cinco años de edad, buscan
pareja entre los meses de mayo y julio. Para ello, marcan los árboles para dejar señales
que les permitan encontrarse, siempre y cuando tengan facilidad de desplazamiento dentro
de su hábitat. Tanto los machos como las hembras son polígamos y pueden copular varias
veces con distinta pareja. Tras unos días de convivencia, macho y hembra se separan.
El óvulo fecundado no se desarrolla hasta el otoño, lo que explica el nacimiento en
enero de una a dos crías en el interior de la osera. Al principio de su vida, las crías
son del tamaño de una rata, están ciegas, carecen de pelo y apenas pesan 350 gramos. La
osa las amamanta en la osera durante su primer año de vida. En diciembre, la madre y sus
crías se retiran de nuevo a la osera donde pasarán juntos su segundo invierno.
En la primavera siguiente, las crías ya crecidas se separan de su madre, pero los
hermanos pasarán todavía unos meses juntos. A partir de ese momento, la madre puede
volver a copular, pero los intervalos entre camadas pueden variar de dos a cuatro años,
según la duración del periodo de cría de los oseznos, la disponibilidad de machos y la
cantidad de alimento durante el otoño, que condiciona también el éxito de la
reproducción.
Volver Arriba
VERANO
A comienzos del verano, el
oso no solo busca pareja sino que también busca comida. En los claros del bosque y en los
pastos supraforestales, escarba el pastizal para desenterrar los tubérculos de una
planta, el conopodio (Conopodium majus), del tamaño de una avellana y con más poder
nutritivo que la patata. Además, en la ribera de ríos y arroyos consume hierba y
gramíneas.El verano es la estación de la abundancia para un animal esencialmente
vegetariano e insectívor. En esta época, el oso vive sobre todo en el bosque de pinos,
hayas, abetos y robles, donde encuentra alimento, frescor, agua y tranquilidad. Como sale
poco del bosque, su presencia es todavía más dificil de detectar. Cuando hace calor, le
encanta bañarse en los arroyos.
Cuando el verano es muy caluroso, los osos recorren los bosques frescos de las laderas
septentrionales donde se alimenta de multitud de frutos silvestres, como los que dispensan
serbales, cerezos, groselleros y zarzamoras. Los ecosistemas de montaña ofrecen al oso
una alimentación muy variada.
También se
alimenta de hormigas y sus puestas, para lo que se sirve de sus magníficas facultades:
olfato, fuerza y, también, destreza. En los pastos abandonados o en los linderos y
claros del bosque encuentra lo esencial de su dieta veraniega -arándanos, frambuesas,
fresas silvestres- que el naturalista reconoce en los excrementos. Al final del verano, la
comida sigue siendo abundante en el bosque: avellanas, arañones, manzanicas de pastor y
moras.
En las horas de mayor calor, el oso se tumba a descansar en los sitios más frescos del
bosque, y siempre deja algunos pelos abandonados en su cama, cuya importancia para
estudiar los movimientos y las características del oso ya se han comentado.
El verano es también cuando los grandes rebaños de ovejas y vacas pastan en los
puertos de alta montaña. Como hay poca mano de obra y es tiempo de siega en los valles, a
veces el ganado se queda solo en el monte. El oso es un oportunista y puede aprovechar un
día de niebla o la proximidad del bosque para atacar al ganado lanar en los Pirineos o a
un potrillo del año en la Cordillera Cantábrica. Al igual que el hombre, el oso necesita
variar su dieta y comer carne de vez en cuando. La fauna silvestre pirenaica y cantábrica
no ofrece en la actualidad presas tan fáciles como las ovejas y los potros. Pero el
ganado solo representa entre el 6% y el 8% de la dieta del oso, es decir, un porcentaje en
carne menor al de la dieta humana. Los osos hacen menos daños al ganado que los perros
asilvestrados. Además, hoy en día las Administraciones públicas indemnizan
correctamente los daños y las molestias que provocan los ataques del oso al ganado. En
los valles pirenaicos franceses se compensa también la presencia del oso con ayudas
específicas a los pastores de la zona osera (transporte en helicóptero, uso de
radioteléfonos).
Volver Arriba
OTOÑO
A finales de septiembre los días se van haciendo más cortos y las temperaturas
empiezan a descender: es el preludio del otoño. El otoño es la estación más importante
para la supervivencia del oso, ya que es cuando tiene que acumular grasa para hacer frente
al sueño invernal y a la reproducción.
Pero el alimento es más o menos abundante según los años. Las fuentes de
alimentación del oso son diversas y a veces están alejadas, de manera que necesita
disponer de facilidad de movimientos y de tranquilidad en los lugares donde encuentra su
sustento.
Los frutos secos -avellanas, hayucos, bellotas (en ambas cordilleras) y castañas (en
la cantábrica)- y en menor cuantía, los frutos carnosos -peras y manzanas silvestres-
constituyen lo esencial de la dieta del oso. Hayas, robles y castaños, aunque no dan
frutos todos los años, son la principal fuente de alimento durante el otoño, tal y como
puede apreciarse gracias al análisis de excrementos. La bellota es el alimento más rico
y buscado por el oso. Sin embargo, los robledales son escasos, sobre todo en el Pirineo, y
hay años sin bellotas. El oso las recoge en tierra o a veces trepa a los árboles para
tomarlas directamente de las ramas antes de que caigan y se las coman otros animales.
Durante el otoño, el jabalí se alimenta en los mismos bosques que el oso, lo que le
convierte en un peligroso competidor. Además, las batidas para cazar jabalíes pueden
provocar molestias a los osos, justo cuando necesitan alimentarse con tranquilidad para
sobrevivir al próximo invierno. Las reservas grasas de las osas, por ejemplo, son un
factor esencial para la reproducción y para la viabilidad futura de los oseznos.
El oso también consume
en otoño frutos carnosos como los del serbal de los cazadores, los del majuelo o los de
los escaramujos o rosales silvestres.
En noviembre o diciembre el clima se hace más crudo y el oso reduce sus movimientos.
Cuando descansa, se prepara una cama con ramas de abeto, en Pirineos, y de boj o de piorno
en la Cordillera Cantábrica, para aislarse de la humedad. La comida escasea en el monte y
los rebaños que no se fueron a la llanura entran en las parideras donde pasarán lo peor
del invierno.
Volver Arriba
INVIERNO
El oso prepara su sueño
invernal. Excava un cubil en un sitio tranquilo y de difícil acceso para el hombre, o se
sirve de una cueva natural en alguna ladera abrupta donde camufla la entrada con ramas o
permite que la cubran las primeras nevadas. La osera es de pequeñas dimensiones, para que
se mantenga a una temperatura constante superior a cero, como si fuera un iglú. Las
hembras grávidas pasan el invierno en una cueva donde parirán y criarán a sus oseznos.
En la osera, el oso prepara un lecho vegetal donde dormirá enroscado. Entre los meses de
diciembre y enero, los osos se recluyen en sus oseras para dormir.
Con la llegada del invierno, ciervos y corzos se desplazan a alturas más bajas o a
laderas soleadas. Las estrategias de supervivencia de la fauna silvestre son diferentes:
unos migran hacia latitudes más cálidas, otros buscan los enclaves más benignos, otros
renuncian a luchar contra el frío y la falta de comida e hibernan, como la marmota y el
erizo. La vida en la alta montaña se reduce a la supervivencia.
El oso huye del hombre, es esencialmente nocturno y suele pasar desapercibido, excepto
cuando mata a veces algún animal doméstico o destroza un colmenar. Es casi imposible
observarlo de día.
Las grandes nevadas hacen que el oso se retire a su cubil, donde entra en letargo
progresivamente. El sueño del oso no es profundo, detecta los cambios bruscos en la
temperatura exterior y puede huir si se siente molestado por el hombre. La temperatura de
su cuerpo se reduce entre 3 y 5 grados, así como su ritmo cardiaco y respiratorio. Ante
la falta de alimento, su intestino se obstruye. Así sobrevive el oso entre diciembre y
abril, ahorrando el 75% de su consumo habitual de energía a expensas de sus reservas
grasas.
Cuando regresa la primavera, el oso detecta un aumento de la temperatura exterior y se
despierta. En los inviernos suaves y con comida abundante del otoño anterior, algunos
osos hacen alguna salida fuera de la osera. En su interior nacieron los oseznos en pleno
invierno y no salen de ella hasta mayo, cuando ya tienen edad de aprender a ser osos de la
mano de su madre, pero dedican mucho tiempo a su actividad preferida: el juego.
Volver Arriba
|