La Universidad no enseñaba a Hartasánchez a conservar osos
Hartasánchez, en una de las salidas al campo que determinaron su dedicaciónEl fundador del Fapas aprendió lo que sabe de naturaleza en el monte y con Alfredo Noval y Ernesto Junco
24-01-2010
Westfalia, Somiedo, empresa y ONGRoberto Hartasánchez, fundador del Fondo para la Protección de Animales Salvajes (Fapas), no sabía dónde se aprendía a conservar la naturaleza. En 1970 descubrió que en la Universidad no. Con tiempo, en el monte, aprendió a combinar biología, ecología y economía.
JAVIER CUERVO
Roberto Hartasánchez y Benigno Varillas habían ido a Oviedo para informarse de lo que se estudiaba en Biológicas. El sol acompañó a los dos estudiantes de sexto de Bachillerato durante todo el viaje en «alsa» desde Gijón y todo el camino hasta la calle Calvo Sotelo. En lo alto de la escalinata de la Facultad de Ciencias estaba un chaval de su edad al que habían conocido en su pueblo, Porciles de Sierra, y al que habían visto llegar a Gijón en un Seat 600 traído por su abuelo y pasmarse ante la ciudad.
-¿Qué haces aquí?
-Viendo muyeres.
La primavera estaba también al final de la escalinata del edificio historicista herreriano.
En el bajo del edificio, a mano derecha, en una ventanilla similar a la taquilla de un teatro, preguntaron a una mujer de mediana edad qué requisitos eran necesarios para matricularse en Biológicas. Ella les extendió unos impresos.
-¿Qué asignaturas se estudian?
-Matemáticas, Física, Química, Religión y Formación del Espíritu Nacional.
-Pero eso ya lo estamos dando en el bachiller. ¿No se estudia cómo conservar la naturaleza, los osos, los buitres...?
-Mirad los papeles y dejadme en paz, que tengo mucho trabajo.
A ninguno de los dos les gustó lo que vieron. Roberto y Benigno se conocían desde cuarto de Bachillerato, cuando Varillas había regresado de Westfalia, donde habían emigrado sus padres. Se hicieron amigos saliendo de excursión por los alrededores de Gijón, monte Deva, Pico Fario. En 1970 ahorraban 25 pesetas semanales para comprarse el fascículo de «Fauna», de Félix Rodríguez de la Fuente, y hacía más de un año que habían creado un grupo de conservación de la naturaleza en la Asociación Cultural Pumarín de Gijón, donde daban charlas sobre búhos bajo la atenta vigilancia de un policía de la brigada social con gabardina.
Estaban bajo el ala de Alfredo Noval, jefe de aduanas del puerto de El Musel, un ornitólogo de gran vocación naturalista que se trataba con Valverde, con Jesús Garzón y otros grandes biólogos. Noval estaba en la cuarentena, sus hijos eran pequeños y tenía contactos con naturalistas de Inglaterra y con la sociedad de ciencias Aranzadi, pero no encontraba en Asturias con quién compartir su pasión. Tomó como alumnos a aquellos chavales y fue un verdadero profesor de ecología de campo que los hizo entender, ya entonces, la vida de las especies y sus vínculos con el territorio y las relaciones sociales. Creía que para ser conservacionista no hacía falta ser universitario, y tenía razón, porque entonces en las facultades no se daba eso.
En casa de Hartasánchez tampoco tenían ninguna prisa por que los hijos fueran a la Universidad. El padre era médico, obligado a estudiar la carrera después de unas generaciones en las que, gracias a una fortuna sudada en Cuba, los Hartasánchez no habían tenido que preocuparse por ganarse la vida.
Todo eso permitió que Roberto acabase su Bachillerato y se fuera al monte con Ernesto Junco, al que el grupo había conocido en Gijón por medio de Miguel Ángel García Dory. Junco los había invitado a su casa en Cabielles, Cangas de Onís, y Hartasánchez le tomó por la palabra. Si Noval era la academia, Junco era el terreno, el hombre que sabía descifrar todas las pistas de la naturaleza.
Unos meses después, cuando estrenaba su año sin estudios y sin trabajo, Hartasánchez se fue solo con su mochila y su saco de dormir al Carrizal. Una nevada mayúscula le facilitó una experiencia entre mística y salvaje dentro de una cabaña con la puerta desvencijada durante quince días, sin más comunicación que consigo mismo y corto de comida. La aventura culminó de madrugada cuando oyó golpes en el exterior de la cabaña y vio un jabalí intentando adueñarse de su último trozo de tocino casi rancio. Las dos hambres se enfrentaron por un bocado entre la nieve. Hartasánchez se lanzó con la puerta contra el cerdo salvaje, cayó sobre su lomo, la bestia huyó y el humano y su aventura terminaron en casa de Eduardo, en Següenco, acogidos con calor y torreznos de matanza con azúcar. La nevada del Carrizal confirmó a Roberto Hartasánchez qué era lo que más le gustaba.