El oso se adapta a la vida urbana
El Fapas detecta una creciente aclimatación de la especie cantábrica a entornos alejados del bosque y cercanos a la actividad humana
10-02-2007
RAÚL ÁLVAREZ/PROAZA
Sobrevivir en Asturias exige a los osos pardos una gran flexibilidad de carácter. La adaptación a un medio ambiente en el que el ser humano ha dejado su huella durante siglos ha cambiado las preferencias de la especie que, a diferencia de lo que ocurre en el resto de las regiones europeas donde aún tiene presencia, se ha olvidado de los bosques tupidos y la alta montaña. Los plantígrados cantábricos buscan su hogar en zonas de matorral y no demasiado elevadas. Se desempeñan sin problemas lejos de los hayedos y los robledales. En realidad, se han acostumbrado tanto a la presencia humana que cuentan con ella para conseguir alimento.
Es una dependencia que se ha vuelto en su contra desde que la Unión Europea, acuciada por la enfermedad de las 'vacas locas', prohibió el abandono de cadáveres de animales en los montes. Esa práctica secular suministraba al oso carroña en abundancia y enriquecía su dieta con proteínas que se han evaporado. Hasta 18.000 reses que podían haberle servido de sustento acabaron en los mataderos de la región en 2005, según estimaciones del Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (Fapas).
En Pillarno, a la orilla misma del Cantábrico en Castrillón, los vecinos detectaron con sobresalto el verano pasado la presencia de un oso. La Guardia Civil organizó batidas, pero el animal se escabulló después de los primeros avistamientos. Los biólogos del Fapas acogieron entonces la noticia sin extrañeza y pronostican ahora que esos acercamientos a pueblos tradicionalmente alejados de las zonas de paso serán cada vez más frecuentes.
«En teoría, el oso es un animal que vive en grandes masas forestales, pero esa descripción no se ajusta a la realidad de la especie cantábrica. En Asturias, a falta de bosques, la orografía le permite vivir muy cerca del hombre. El territorio le da refugio y la actividad humana le proporciona alimentos desde hace cientos de años», explicó ayer el presidente de Fapas, Roberto Hartasánchez, a un grupo de técnicos de organizaciones conservacionistas europeas de visita en Asturias para un intercambio de experiencias. Los expertos internacionales -llegados de Alemania, Eslovenia, Grecia y Bulgaria- observaron con asombro el paisaje de Proaza, corazón de una importante colonia osera, tan distinto de los hábitats donde la especie prospera en sus lugares de origen.
Situación sorprendente
«Es justo al revés que en mi país. Allí, hay muchos más osos, así que los agricultores y los ganaderos les echan la culpa de todos los males y quieren dispararles. En cambio, hay pocos lobos y hay mucha admiración por esos animales», señaló el esloveno Andrej Figels, que trabaja para Dopps-Birdlife. Acababa de visitar una de las fincas estratégicas que Fapas mantiene diseminadas por todo el territorio asturiano. Sirven como restaurantes para osos hambrientos y vagabundos. El menú se compone de fruta (manzanas en este caso), carroña y miel, cuya elaboración sirve también para un plan de recuperación de colmenas.
La propia existencia de ese refugio en Proaza simboliza los cambios acelerados del campo asturiano en las últimas décadas. Fapas recibió el terreno como una donación de una pareja de agricultores que decidió retirarse por su avanzada edad. Cultivaban trigo, maíz y unos manzanos que, cuando la organización se hizo cargo de la finca, habían muerto por falta de cuidados. Los técnicos intentan ahora recuperar los frutales y han instalado colmenas, pero la producción de miel representa un desafío.
Justo en la época del año que se avecina, al desperezarse después de la hibernación, el oso necesita más aporte alimenticio que en cualquier otro momento. Sin carroña disponible, los animales saquean la labor de la abejas a destiempo y con consecuencias funestas. La población de los insectos está diezmada por el abandono de la apicultura y por una plaga de varroasis, una enfermedad parasitaria de elevada mortalidad, que ha terminado con la población silvestre. La falta de los agentes polinizadores tiene graves efectos sobre todos los ecosistemas del campo. Hay menos frutos donde escoger y, en particular, los plantígrados echan de menos las bayas de arándano, uno de sus manjares preferidos. Por eso se pasean cada vez más por los pueblos en busca de almuerzo. La convivencia, por suerte, resulta pacífica.http://www.elcomerciodigital.com/