Mero

MERO -  EL GUARDIAN DE LOS OSOS PARDOS

Por Benigno Varillas

Quercus - Agosto 2001
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Mero, Baldomero Álvarez Rodríguez, ha sido el guarda mayor de los valles más oseros de España hasta su retiro en el año 1997.

El ICONA le contrató en 1978 para que controlara el furtivismo en los mejores hayedos asturianos. Era un hombre perfecto para tal labor. No en vano fue uno de los furtivos más activos en su época.

A ver! ¿A ver qué íbamos a hacer los mozos en estos montes por aquellos años? Si las vacas no daban ni para comer. Luego la situación cambió mucho. Que si primas por razas autóctonas, que si primas por parque natural; el que furtiveaba cuando yo lo controlaba ya era vicio", dice con el potente vozarrón que emite desde su metro ochenta de estatura y su corpulenta presencia. "Ahora la cosa anda mal, por lo de las vacas locas", comenta con incertidumbre, "pero hasta eso podría ser una nueva ayuda para estos valles, ya que aquí las vacas pastan hierba todo el año, en la montaña. Eso de los piensos raros aquí nada. ¡Herba y más herba! Qué es lo que comen!.

En 1998, Roberto Hartasánchez, el fundador y Presidente del Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (FAPAS), con sede en la aldea asturiana de La Pereda, cerca de Llanes, tuvo una de sus luminosas ideas: nombró a Mero asesor . Su vinculación es altruista y honorífica, pero Mero tiene a gala vestirse con la ropa del FAPAS, sintiéndose por completo miembro de este grupo altamente profesionalizado de especialistas en acciones de conservación de la naturaleza. Impresiona ver a Mero metido en el uniforme de los naturalistas que emplea el FAPAS y visten empresas patrocinadoras, como Coronel Tapiocca o el fabricante de botas Bestard, lleno de la cabeza a los pies del logotipo –un oso enseñando los colmillos – y las siglas del Fapas cosidas en boinas, camisas, pantalones, forros polares, chubasqueros y demás prendas.

Sus gigantescas y fornidas manos delatan que uno no está ante un ecologista de ciudad. En fin, aunque le cortaran sus tremendos brazos de oso, Mero nunca podría inducir a error.

Todo él transpira fiereza montuna. Pero cuando deja de hablar de los problemas que acosan la naturaleza y grita cariñosamente a su joven mujer, Tita, que saque pan, vino, chorizo y jamón para los amigos, su rostro se vuelve afable, delatando que debajo de la piel de guardián de hierro hay una personalidad menos dura de la que siempre se ha visto obligado a aparentar.

EL RECURSO DE LAS MADREÑAS

Y no sólo por su trabajo de perseguir furtivos, que le llegaron a encañonar en una ocasión, sino por la dureza de toda su vida. Nunca lo tuvo fácil. Sin padre, cuando tuvo edad para ir a la escuela vino la guerra y cuando ésta acabó, su madre, represaliada por los vencedores por no delatar a un hermano maqui, tuvo que colocarle de criado en un caserío de otro valle. "Trabajaba por la comida que era escasa, y vivía en el pajar" , dice Mero, "así que en cuanto pude me volví al pueblo. Pero la situación era muy mala. Aprendí a hacer madreñas (los zuecos de madera con tres diarias y hasta emigré a los valles de Cangas de Narcea a trabajar en este oficio. Allí las hacíamos sólo de abedul, aquí también de haya, cerezo y otros árboles".

En aquellos tiempos, fabricar madreñas, sobre todo en invierno, era la actividad complementaria de la cría de vacas en las montañas asturianas. Alfonso Hartasánchez, el rastreador de oso más veterano del FAPAS, que lleva quince años viviendo cerca de Mero, comenta: "hace cuarenta años había en el valle no menos de 140 vecinos. Suponiendo que en cada casa hubiera al menos un madreñero y que en plena temporada hiciera un par de madreñas diarias, la tala de árboles debía ser brutal. La prueba es que la mayoría de los árboles que se ven hoy tendrán justo eso, unos cuarenta años de edad. Los que superan esa edad suelen ser los de tronco retorcido, inservibles para hacer madreñas".

A mediados de los años sesenta Mero adquirió unas fincas "para tener tierras propias". Tuvo que emigra dos años con su mujer a Francia para pagarlas, dejando aquí a sus cuatro hijos, el más pequeño con tan sólo cuatro meses de edad. "Fue muy duro, sobre todo para mi mujer, pero no quedaba más remedio", dice Mero recordando a su primera mujer, fallecida hace diez años.

Al volver de Francia, Mero contestaba a todos los que se interesaban por cómo le había ido con una frase lapidaria, que aún repite "yo entré en Francia, pero Francio no entró en mí".

Y fue al poco de regresar de la emigración cuando le surgió la oportunidad de entrar de funcionario en el ICONA como guarda forestal."Aquello de tener un sueldo en uno de estos pueblos era de aquella muy difícil. Quitando la mina, donde todos los de por aquí fuimos cinco años a cambio de no hacer la mili, poca cosa había en la que encontrar trabajo. Y con las vacas no se sacaba mucho. Así que cuando preguntaron por el furtivo más dañino de todos, me contrataron".

FURTIVO RECONVERTIDO

"Qué bruto era de joven", dice Mero moviendo la cabeza como en señas de reprobación. "Hasta seis gallos (urogallos) llegué a cazar de una sentada. ¿oso? A alguno le tiré, aunque lo que buscábamos era carne: corzo, jabalí, venados..."

En su larga vida de guarda, Mero se ha encontrado numerosas veces con el oso. Recuerdas siempre una muy especial: "Estábamos en una batida de jabalí. Yo iba solo y me senté en una piedra, a esperar. Una osa que debía haberse puesto en movimiento al oír el jaleo de mis compañeros por la ladera, saló del bosque y fue avanzando distraída hacia mi, sin olerme ni verme. Cuando ya estaba a cuatro o cinco metros y yo veía que se iba asustar al descubrirme, le dije suavemente y en voz muy baja: - Ande vas... Ande vas tú ¿eh?-. La osa se paró en seco, me miró, desvió el rumbo y salió en otra dirección. Era rubia, grande, preciosa".

Caminar por el monte con Mero y Alfonso Hartasánchez es un espectáculo. Van charlando, como si no se enteraran de nada, pero con el rabillo del ojo detectan cuando una hierba no está en su sitio o cuando un punto en el horizonte es un imperceptible añadido nuevo en el paisaje.

Antes de que Fonso interrumpa el paso para dirigir la mirada a uno de esos bultos, que ellos rápido captan por no ser permanentes en esa ladera lejana, Mero, al que no se le ha visto mirar para allí ni un solo momento, masculla entre dientes, sin dejar de andar ni interrumpir su discurso anterior: - Nada, es un jabalí-. A lo que a veces Fonso replica: - Eeeh...sí-.;o, en ocasiones,- Déjate, déjate, que a veces un jabalí, un jabalí gigante, de esos con garras; a ver, a ver-. Y enchufa sus prismáticos.- nada, un jabalí-. Y Mero: - se le ve; si en este sitio...-.

Pero para lo que realmente tiene Mero rayos equis en los ojos es para descubrir lazos colocados en las lindes de los setos que bordean los caminos. "No tienen mérito", dice, "es saber por donde tiene que pasar el animal y dónde pensará el furtivo que no va a notar que lo pone. Luego, cuando miras para este sitio en el que tiene que estar, pues ya ves que hay ramas o hierbas rotas, en fin, que se nota". Y, en efecto, nueve de cada diez acierta, allí está el lazo de acero atado a un tronco para aprisionar al jabalí que destroza los prados. "Lo malo es que un osezno tiene la misma talla que el jabalí. Es por estas trampas por donde se nos van todas las crías que nacen de oso cada año", comenta Mero.

ALIADO DEL FAPAS

Mero es para el FAPAS una ayuda inestimable. Cuando hay que ir a un pueblo a hablar con algún paisano para informarse de tal o cual cosa, Mero tiene las puertas abiertas en todas partes. Es uno más de aquellos pueblos y de los que siempre se hizo respetar.

Recuerda cuando Javier Castroviejo y Jesús Garzón llegaron por la zona a estudiar el urogallo, a finales de los años sesenta, y ellos le recuerdan a él como uno de los puntales en la conservación de los ecosistemas cantábricos. Sonríe cuando le pregunto qué pensaba cuando aparecimos Roberto Hartasánchez y el que esto escribe en 1971, como dos indocumentados buscadores de osos, o cuando diez años más tarde lo hicieron Palomero y Naves. – Mero ¿qué pensabais de nosotros cuando los naturalistas aterrizábamos por aquí, como si fuéramos ovnis?- Pone cara de quien se las ha visto con peores elementos y dice: " Hombre, rápido calábamos que no erais gente peligrosa. Eso se ve enseguida".

Sin embargo, no toda la nueva y joven guardería es tan amable como los naturalistas y menos con los conservacionistas. Uno de los sucesores de Mero, un tal Adrián, ha llegado a tal inquina contra el FAPAS que ha llegado a denunciar a Mero por no querer identificarse en medio de un monte que antes llevaba Mero y ahora lleva él". "Anda chaval, aparta, que si no me conoces a mí, mal lo llevas", le diría. Pero el chaval, ignorante ,como tantos, de que la legitimidad no sólo la dan los cargos públicos, sino también otras cosas, le denunció. Un vil intento de humillar.

Meses después, en Gijón, el Centro Asturiano de Madrid entregaba a Mero el galardón Urogallo de Bronce, que conceden anualmente a una persona distinguida por su trayectoria en defensa de la Naturaleza. Un reconocimiento público que compensó con creces los sinsabores de colaborar con una de las organizaciones conservacionistas más combativas de España.

 

Por Benigno Varillas

Quercus - Agosto 2001
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