¿POR QUÉ SE CEBA EL LOBO EN SUS PRESAS?
TEORÍA SOBRE LAS LOBADAS

Por Juan Carlos Gil

Uno de los principales argumentos de la leyenda negra que arrastra el lobo es su saña con las presas.
¿Por qué abate más animales de los que necesita para saciar el hambre?
El autor analiza la teoría clásica, una hipotética ventaja a la hora de conservar las presas entre el hielo durante las glaciaciones, antes de proponer su propia explicación.

Según la explicación más frecuente, el desmedido degüello de reses domésticas por parte del lobo obedece a razones de pura ecología, aprendidas durante las glaciaciones.

Un lobo trata de seguir el rastro de su presa en un paisaje nevado. La carne congelada bajo la nieve no emite efluvios detectables ni para el fino olfato de los lobos.
(Foto: Juan Carlos Gil)

Los lobos mataban muchas más reses de las necesarias para el sostén de la jornada y esto suponía, gracias a la participación del hielo en la conservación de la carne, un almacén natural de recursos. Por lo tanto, según esta teoría, lo único que hace el lobo en nuestros días es mantener una conducta positiva para la supervivencia que aprendió durante épocas pretéritas.

Así pues, el lobo no es culpable de ese daño a los recursos humanos, porque fue primero el hombre, a partir de un determinado momento de la historia biológica, quien le arrebató el espacio y la carne al gran depredador y ahora, el lobo, ataca a los rebaños domésticos y mata reses de forma masiva cuando puede. En definitiva, defiende lo que siempre le perteneció: su posición en el campo y su derecho a la existencia.

Pero si de verdad es así, ¿por qué el zorro mata todas las gallinas que puede al entrar en un corral, la garduña y la comadreja asaltan un palomar con el mismo resultado o, en un caso reciente y bien documentado, un visón mata 150 perdices en una nave? En suma...¿Cómo estos depredadores, en las glaciaciones, tuvieron oportunidad de matar a sus respectivas presas pequeñas y almacenarlas en el hielo para supuestamente desarrollar esta pauta de supervivencia, al igual que el lobo? Una gineta, en la oscuridad de la noche, subiendo a un dormidero de pájaros en una salceda de cualquier río, todo lo más que podrá capturar, con mucha suerte y sigilo, es una sola víctima. Tras el escandaloso desenlace, con violentos movimientos de ramas en el último segundo y chillidos de presa, no quedará en el árbol ni pájaros, ni oportunidades para intentarlo. Se come el que tiene en la boca y a seguir buscando comida. Mas si la presa es tamaña para la gineta, como por ejemplo un conejo, ya puede haber cientos corriendo por la ladera en la que ha realizado la captura que se limitará a comer únicamente el que tiene entre los dientes. Y eso mismo ocurre con el resto de los predadores carnívoros. Las presas pequeñas les s obligan a seguir cazando, pero no las sueltan ni las almacena para ir a por otras, sino que primero las comen y ante la insatisfacción del estómago emprenden una nueva búsqueda.

Cuando son grandes ingieren todo lo que pueden y se retiran a dormitar con el estómago lleno, volviendo sobre los restos, pero no matan de forma masiva para un supuesto almacenaje.

Gastar energía en perseguir otras presas silvestres cuando ya tienen una en las fauces, siempre muy difíciles de conseguir, no lo hace ni el lobo, que puede perseguir un ungulado durante tres días seguidos, con pequeños periodos de descanso, como he comprobado en la nieve con un corzo, y este sí es un verdadero proceso selectivo recíproco. Principalmente, y ante la increíble resistencia del lobo, para el corzo, que si desfallece o sufre alguna merma física, o es demasiado viejo, o joven e inexperto, caerá en las fauces del perseguidor. Tras la captura, el lobo rasga el pellejo, tritura paquetes musculares y quiebra huesos para meter a su tremenda máquina digestiva la energía que necesita perentoriamente. ¡ Con lo difícil que es capturar una presa salvaje, como para soltarla y dedicarse alegremente a intentar matar otra, aunque vivan en manada! La dispersión y la cultura de supervivencia de los perseguidos no dan oportunidades simultáneas, como ocurre con el rebaño doméstico.

Rebaño de ovejas defendido por un mastín leonés, raza canina de gran talla y potencia especializada en enfrentarse al lobo.
(Foto: Jorge Sierra).

Entonces, ¿a qué se deben las lobadas? De forma escueta, los lobos no han desarrollado un mecanismo fisiológico de inhibición de agresividad en el lance venatorio. No lo han desarrollado de forma funcional, porque a lo largo de su historia evolutiva no se les ha presentado una situación semejante, ni parecida, a la que se encuentran frente a la domesticación. La caza siempre ha concluido con la captura de la presa salvaje que cubría las necesidades energéticas, como la domesticación y el hacinamiento de animales, los carnívoros han respondido con las matanzas masivas que conocemos.

El lobo, como competidor del hombre, es centro de irreconciliables polémicas entre ganaderos, proteccionistas, cazadores, científicos y la parte correspondiente de la Administración. Es un tema que despierta muchas pasiones. Siempre el mismo argumento ensombrecedor toda iniciativa de avenir a las partes implicadas: las cuantiosas pérdidas que el depredador produce en el ganado doméstico, sobre todo por su actitud en los ataques al rebaño, matando a veces, en una sola acometida, muchas más reses de las que cubrirían sus necesidades alimenticias durante todo el año.

LA CONDUCTA DE UN GRAN CAZADOR.

Del lobo se dice que, cuando los demás predadores se detienen para comer, él sigue matando. Esta irrefrenable conducta le ha valido los calificativos de cruel y sanguinario, y llega a afirmarse que mata por simple placer. Salvado las diferencias ecoetológicas, en nuestros días podemos constatar cómo el lobo vuelve de memoria en busca de la comida que le sobró en anteriores banquetes.

Pero eso sólo ocurre en casos excepcionales, porque generalmente no se alejan demasiado de la presa abatida hasta consumirla íntegra, a menos que sean molestados.

Del festín, independientemente de los días que dure, no queda otra cosa que restos indigestos, como pezuñas, contenidos estomacales, dientes y pelo o lana. Los huesos grandes aparecen diseminados por doquier. El cráneo (a veces con la correspondiente cornamenta), vértebras, quijadas y los voluminosos cóndilos de las extremidades, difíciles de masticas e ingerir debido a su tamaño en intrincada forma, se convierten en los dignos perdurables de la gesta venatoria.

Los lobos comen de las presas, se sacian y se tumban por los alrededores mientras quede allí alimento. Unos bajo unas matas que les sirvan de abrigo para el relente de las primeras horas de la mañana y de sombra cuando llegue el día, otros van a restregar sus panzas satisfechas al meandro de la vaguada más próxima, para dormitar después cobijados en los mismos zarzales del arroyo. Los individuos más jóvenes todavía retozan al alba y los ejemplares viejos parecen sumirse también en el descanso, pero apostados en lugares dominantes, con el oído atento y el rabillo del ojo sujetando el horizonte, para que nada se mueva sorpresivamente.

MECANISMOS FISIOLÓGICOS DE LA CAZA.

Los mecanismos fisiológicos son los que mejor conservan el testimonio del pasado y, al mismo tiempo, los que mejor hablan también del presente. Como una compleja y perfecta maquina viva engendrada por la naturaleza, el animal, dotado de unas extraordinarias fuentes de información, en este caso, la vista, el oído y el olfato, recibe el estímulo externo producido por la detección de las presuntas presas.
Datos procesados en el cerebro que se traducen, a través del sistema nervioso, en una orden de disposición de ataque.
A escala fisiológica, se produce una descarga de adrenalina, la hormona que prepara el organismo para hacer frente a situaciones que requieren un gran derroche de energía muscular. Para que los músculos estén prestos a realizar un trabajo exigente necesitan recibir combustibles (glucosa) y comburente (oxígeno) en cantidad adecuada. Esto consigue haciendo que el hígado transforme parte de su reserva de glucógeno en glucosa. Los bronquios se dilatan para que entre más aire en los pulmones. El corazón late más fuerte y más deprisa. Se produce una vasodilatación y fluye mayor cantidad de sangre en el aparato muscular, al tiempo que una vasocontricción en la piel y en el aparato digestivo, que llega incluso a paralizar sus funciones.

Quercus nº157 Marzo 1999

 

(El lobo - Fapas)

www.fapas.es