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2.000 hectáreas de bosque en el
Valledor calcinadas en unas horas
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Con ráfagas de viento de hasta 120 kilómetros por hora, el fuego
apenas tardó unas horas en atravesar de lado a lado el
valle de El
Valledor, un pequeño rincón del Concejo de
Allande
en Asturias donde existía desde hace varías décadas un enorme
pinar de pino silvestre para aprovechamiento forestal
El origen
Como tantas
veces, el origen de este tremendo incendio, tuvo como referencia la
limpieza de monte bajo o limpieza de pastos (como dicen los
ganaderos); quemar para favorecer que haya un rebrote de vegetación
que resulta más apetitosa para los animales.
Sin embargo
estas quemas, que en algunas zonas se consideran como
tradicionales, se efectúan en la actualidad y por falta de manejo
del monte, con mucha imprudencia, tanto porque se realizan a
escondidas debido a la ilegalidad de prender fuego, como porque se
aprovechan días en los que las condiciones meteorológicas,
precisamente no lo aconsejan, como es el caso de días con fuertes
vientos.
El incendio del Valledor tuvo su origen en la lamentable tradición
de quemar los pastos de montaña sin ningún control
La intensidad del fuego se puso de manifiesto tanto por la
imposibilidad de que apenas ningún medio antiincendios pudo hacer
frente al fuego, como por el estado en quedó el suelo, totalmente
calcinado tanto, que algunas zonas parecía después del fuego
que nunca hubieran tenido vegetación ya que apenas quedaron
restos vegetales.
Cortafuegos naturales
De nada
sirvieron los cortafuegos hechos mediante desbroce en el terreno
cuya intención es facilitar el control del incendio cuando el
fuego llega a estas zonas con una vegetación mucho menor. La única
oposición a un fuego de alta intensidad la presentaron aquellas
áreas donde la vegetación, especialmente zonas con árboles
caducifolios, mantienen una mayor humedad en el suelo y
representan una vegetación menos combustible.
Pasados unos meses, la vegetación viva nos permite comprobar
cómo las zonas donde quedaban algunas especies caducifolias
sobrevivieron al fuego en contraste con el resto del monte
calcinado.
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EL VALLEDOR, UN TERRITORIO CON
FUTURO |
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Prácticamente
desconocido este territorio se encuentra en los límites de
Asturias haciendo frontera con Galicia y lindando con otras áreas
más conocidas como Cangas del Narcea.
Montañas y profundos valles humanizados desde la época de los
romanos que vivieron aquí en busca del oro, de ahí su nombre;
Valle del Oro, y hasta hoy día ha resistido el nombre del metal
para nombrar el territorio.
El río Oro, que atraviesa el valle nos recuerda que en el pasado,
la búsqueda de este mineral ya lo efectuaban los romanos.
El
valle mantiene aún extraordinarias aldeas prácticamente igual que
hace cientos de años, que evidencian una vida rural dura e
intensamente ligada a la tierra, pero que ahora podemos descubrir
entre vegetación quemada, pues literalmente el fuego llego a las
puertas de cada casa y en algunos casos hórreos y establos fueron
pasto de la llamas.
Aún así, sus
vecinos no quieren abandonar el territorio, al contrario, quieren
reconstruir y vivir de las oportunidades de esta tierra;
ganadería, cultivos o
turismo rural, plantar árboles y recuperar sus bosques.
Las llamas llegaron justo a las casas de las antiguas aldeas
conservadas hasta hoy día como si el tiempo no hubiera pasado
desde la antigüedad.
NATURALEZA
Valledor es un
territorio con importantes valores ambientales pero que desde el
FAPAS vemos con gran interés ya que se encuentra de lleno en el área
de expansión del oso pardo. De hecho, de tanto en tanto algún
ejemplar se acerca por el territorio procedente de las áreas oseras
de Cangas del Narcea ó Ibias.
La recuperación
de las masas forestales con plantaciones de especies que
producen
frutos que son
también alimento de osos, es una estrategia para que esta especie
vuelva a un territorio donde los vestigios evidencian que antaño
eran abundantes.

Dentro de la parcela donde estamos plantando, existe este antiguo
cortín de
piedra que seguramente durante cientos de años ha sido utilizado
para proteger las colmenas de los ataques de los osos.
Los cortines son abundantes en todo el territorio, señal
inequívoca de la abundancia de esta especie y de que,
evidentemente, el territorio sigue siendo apto para su vuelta.
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primera fase para plantar una muralla verde contra el fuego. Leer
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PLANTAR SOBRE NEGRO
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La
lacra de los incendios forestales no cesa y ya no se trata de
comprobar que el fuego arrasa montes, páramos y campos solamente
cuando llega el verano, por aquello de las consabidas imprudencias
de los usuarios de los espacios naturales.
Ahora los
incendios, eso sí, teniendo en cuenta que región de esta variada
geografía española, se producen cuando el que quiere quemar lo hace
por los mil y un motivos que le de la gana.
En la zona norte
cantábrica, en Asturias, los incendios, pese al verdor del
terreno, se producen por varios miles cada año a causa de lo que
algunos consideran como una necesidad: la de “limpiar” el monte para
evitar que tenga matorral, con el fin de favorecer el pasto para la
alimentación de un ganado manejado cada vez por un menor número de
profesionales.
Y esos miles de
incendios, son en general, de pequeñas superficies que afectan a
diferentes territorios con mayor o menor valor ambiental. Pero el
grado de capacidad de combustión del material que hay en los montes,
ofrece la posibilidad de que de tanto en tanto, surjan incendios no
tan benévolos con la naturaleza.
En 2011, se ha
producido uno de esos incendios que propagado por la intensidad del
viento, ha calcinado varias miles de hectáreas de terrenos de
montaña arbolados y que curiosamente, aunque fueran
pinos, constituían el único territorio cantábrico donde el urogallo,
en plena regresión, había conseguido colonizar.
Quizás esto nos
lleve a la conclusión de que algunas especies de pinos, como el
silvestre, al fin y al cabo autóctono, no son tan malditos como
históricamente se viene argumentando desde el movimiento ecologista,
al que solamente nombrarle la palabra pino, se le ponen los pelos
como acículas.
Pero de lo que se
trata es de hablar de los incendios y en este caso, de valorar el
por qué se producen con una magnitud tan enorme que son
prácticamente imparables. Y es que por mucho que los pinos sean un
buen hábitat para el urogallo y además generen interesantes
beneficios económicos a través de la explotación de la
madera, resulta más que evidente que no es posible llenar el monte
de una sola especie, y menos si es tan altamente combustible.
La estrategia de
diversificar las especies a plantar, plantar aunque no tenga una
orientación económica es también a largo plazo generar riqueza, otro
tipo de riqueza, la ambiental que también se traduce en económica.
Resulta cada vez
más necesario que la llamada ordenación de los montes, tenga menor
visión especuladora, menos pistas, menos cunetas, menos monocultivos
para integrar las plantaciones en modelos de economía diversificada
entre la economía ambiental y la propia economía lucrativa, aquella
que se transforma en dinero a través de su explotación, la madera.
Pero también es
cierto que para que se produzca hay que tener perspectivas más
amplias más allá de aquellas que sólo miran lo productivo a corto
plazo, un modelo, lamentablemente aún hoy muy extendido entre
técnicos y profesionales del monte, sin querer hacer una mención
expresa de aquellos que por ser ingenieros, se consideran los
propietarios del monte.
Por fortuna, en
el FAPAS comenzamos a trabajar en reforestación en un área de un
valor ecológico interesante donde podemos poner en prácticas estas
ideas de actuar con la doble intencionalidad de obtener una
rentabilidad tanto ecológica como económica. Con propietarios que
saben lo que es perder un monte y sus propiedades más cercanas y con
unos gestores que ante la evidencia de cómo el fuego deja negro y
calcinado el terreno, se suman al criterio conservacionista de
plantar para la biodiversidad de manera que si en un futuro se
produce un incendio en la montaña, este se encuentre con los
obstáculos naturales de una masa forestal caducifolia húmeda, única
medida que parece eficaz para luchar contra el fuego.
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Comenzamos las plantaciones del Valledor, un
trabajo que al menos se prolongará
hasta el año 2014 y nos permitirá plantar un mínimo de
30.000 árboles.
Con el apoyo de:
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30.000 ÁRBOLES PARA LA RECUPERACIÓN
DEL VALLEDOR |
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Harían falta
varias decenas de miles de árboles, pero la realidad es que no es
sencillo, ni mucho menos barato recuperar una superficie arrasada
por el fuego y convertirla de nuevo en un bosque. Pero lo
intentaremos.
Con el apoyo de
la
Fundación
HC Energía, el FAPAS ha comenzado ya a plantar
la primera parte de los treinta mil árboles con lo que trataremos de
generar espacios forestales formados por frondosas caducifolias.
Trataremos de
imitar lo que la naturaleza ya nos ha enseñado, que con la presencia
de manchas forestales de especies caducifolias autóctonas, el fuego
no penetra, creando zonas intermedias de gran volumen entre
plantaciones que tengan una mayor vocación económica como es el caso
de las coníferas.
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En verde, la primera parcela de más
de 100.000 metros cuadrados destinada a convertirse en una
mancha forestal con especies caducifolias |
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Castaños, cerezos, fresnos, serbales, manzanos y perales
silvestres que forman parte del conjunto de especies que ya hemos
utilizado en la primera fase de la plantación que ha finalizado en
el mes de Junio, aprovechando la primavera lluviosa que hemos
tenido que nos ha permitido prolongar las plantaciones hasta este
mes.
El
equipo de FAPAS descarga plantones de castaño en el área de
plantación.
Plantando a mano
Desde que
existe potente maquinaria, las grandes plantaciones son efectuadas
con medios mecánicos. Grandes tractores que abren la tierra o
retroarañas que excavan profundos agujeros en el suelo.
Pero para hacer
esta actividad de plantación, lo primero que debemos de tener en
cuenta es el estado del suelo, la tierra. Y no es necesario ser
ningún experto para ver que nos encontramos ante un terreno que ha
sufrido un incendio el cual ha calcinado el suelo hasta varios
centímetros de profundidad, por tanto, es un suelo suelto,
descompuesto, sin microorganismos y apenas nutrientes, casi
esterilizado que nos obliga a plantear el trabajo sin utilizar
ningún tipo de maquinaria, ya que si lo hiciéramos, lo único
que conseguiríamos es mover la tierra, someterla a una pérdida de
humedad y favorecer la erosión ante la lluvia.
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Sólo unos meses después del incendio, el suelo ya presenta los
característicos surcos de erosión producidos por el agua de la
lluvia al resbalar sobre un suelo que prácticamente es
impermeable. |
Barra en mano, cada uno de los 10.000 árboles se ha plantados
utilizando exclusivamente la lanza de plantación que permite
abrir únicamente el hueco donde se introduce el cepellón del
plantón. |
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Bosques de Alcornoques |
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Aunque los
alcornoques son árboles con una marcada tendencia a ocupar áreas
climáticas de tipo mediterráneo, en Asturias existen zonas donde
hay formaciones forestales de esta especie y muchos ejemplares
distribuidos por zonas que forman parte de masas forestales más
diversas.
El mantenimiento
de estos bosques y la potenciación del alcornoque en estas áreas
cantábricas es un viejo objetivo que nunca ha sido ejecutado con
eficacia. Así que los trabajos de plantación que estamos llevando a
cabo se refuerzan con la plantación de alcornoques cuyo origen es
precisamente cantábrico.
Masas forestales de alcornoque acompañadas de otras especies
caducifolias como abedules y castaños, ocupan los fondos de los
valles del Valledor
3.000
alcornoques plantados este año
Cedidos por la
Consejería de Agroganadería del Principado de Asturias, tres mil
plantones procedentes del Vivero de la Mata, han sido utilizados
para la repoblación de las áreas quemadas. Mezclados con el resto de
especies caducifolias, esperemos que generen un mosaico forestal
parecido al que de manera natural ha surgido en otras zonas del
valle.
La
plantación de los alcornoques, también se ha efectuado de manera
manual, compactando la tierra para evitar que se pierda la poca
humedad que queda después de cada lluvia ya que el suelo quemado
favorece muy poco la penetración del agua.
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