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| En celo. Esta fotografía
se tomó cuando amanecía en uno de los bosques de Somiedo (Asturias). Se trata de un oso
adulto, uno de los tres que residen en este territorio. Es uno de los machos dominantes, y
se encuentra probablemente en época de celo. 14 de junio de 2002. |
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| En su tronco. Este macho,
que se rasca en un tronco, está realizando un marcaje de presencia, de manera que otros
ejemplares puedan encontrar su rastro por el olfato. Es una muestra del gran amor que
estos animales sienten por los árboles. 6 de abril de 2003. |
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| Aprendiendo. Llevaba
mucho tiempo haciendo un seguimiento prolongado de esta osa adulta. Aquí la sorprendí
con una cría de ese año en un árbol. Seguramente está enseñando al osezno cómo se
realiza el marcaje en los troncos. 21 de noviembre de 2003. |
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| Curiosas. Es la misma
hembra que en la foto de la izda,, pero con otra cría. Huelen algo sin identificar.
Además de curiosos, son muy sensibles a los olores humanos, y no es raro que olisqueen
alrededor de la cámara, donde paso mucho tiempo. 4 de noviembre de 2003. |
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| En acción. Hartasánchez
inspecciona una de las cámaras que oculta para captar a los osos en libertad. |
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Por José Manuel Bustamante.
Fotografías de Chema Conesa
A estas alturas del invierno,
después de que las primeras y copiosas nevadas cubrieran sus territorios más queridos,
los osos cantábricos gozan del merecido descanso anual. Son más de un centenar. Los
machos adultos han sabido proporcionarse el alimento adecuado para pasar sin problemas el
largo letargo. Alguno quizá haya optado por excavar su cubil en la gélida tierra; otros
habrán preferido una cueva natural como osera en las zonas más inaccesibles de la
cordillera.
Las hembras, la gran esperanza para la recuperación de la magnífica especie, se preparan
para parir una o dos crías. Unos y otras han reducido la temperatura de su cuerpo entre
tres y cinco grados. Su ritmo cardiaco también está bajo mínimos. Durante la
hibernación, ahorran el 75% de su consumo normal de energía. Los más afortunados han
obtenido de los frutos otoñales bellotas, hayucos las grasas necesarias para
esperar el deshielo. A pesar de los signos optimistas que apuntan una leve recuperación
de la población española de estos mamíferos, todavía les acecha el peligro de
extinción. ¿Qué les esperará la próxima primavera?
También cercado por la nieve, Alfonso Hartasánchez se prepara para su particular
hibernación. Ahora, en invierno, hago un poco como ellos. Descanso las piernas,
salgo menos
. Hace ya 20 años que eligió como morada el territorio del oso.
En pleno valle asturiano de Somiedo, una de las áreas más vírgenes del país, este
veterano naturalista de 42 años aprovecha su refugio para pasar revista a un intenso año
de trabajo. Tiene el orgullo de pertenecer a un selecto club de profesionales unidos por
la misma pasión: el amor al plantígrado. Una devoción que poco a poco va dando sus
frutos. Cuando llegué aquí, todavía era una fiera corrupia a la que había que
matar. La piel de un ejemplar valía 300.000 pesetas en 1985. En este tiempo ha sido
testigo de cómo los habitantes rurales han ido cambiando su relación con el animal.
Hasta las juntas ganaderas de la zona declaran que es una especie protegida
y
a proteger. Algo inaudito hasta hace no mucho tiempo.
Antes de que las nieves hicieran imposible la llegada a las mejores zonas oseras,
acompañamos a Alfonso en una de sus caminatas por el campo. Seguirle por senderos y
veredas es un placer. En esta ocasión, el mejor rastreador de este animal salvaje no va
en busca de indicios de su presencia, no se detiene ante una huella o una brizna de
pelaje. Va hacia algo más valioso, a lo que ha consagrado los últimos cinco años en
estos rincones perdidos del occidente asturiano. El naturalista ha realizado más de 300
fotografías de osos en libertad, un enorme tesoro que encierra un rico conocimiento sobre
el estado de la especie. Para ello ha inventado un equipo fotográfico que, mediante
pedales, infrarrojos y radares de movimiento, captura instantes deliciosos de la vida del
plantígrado, como los que ilustran este reportaje. Durante el año pasado, ha logrado 91
imágenes en las que aparecen machos en celo, hembras enseñando los rudimentos de la
supervivencia a sus crías, ejemplares marcando los árboles para avisar a sus congéneres
que ése es su territorio... Ha utilizado 12 cámaras ocultas entre la vegetación y ha
recorrido un total de 904 kilómetros para supervisar el estado de sus equipos. Un trabajo
metódico y exhaustivo que supone además un homenaje para uno de los emblemas de la fauna
ibérica.
Si ver trabajar al naturalista en pleno monte es un lujo, no lo es menos imaginar sus
andanzas en los primeros tiempos, cuando, deslumbrado como tantos otros por la labor de
Félix Rodríguez de la Fuente, dejó colgados estudios y el confort de la gran ciudad
para entregarse a la defensa del oso. Entonces había censos muy poco fiables,
relata. La prioridad era la lucha contra el furtivismo para mantener la población.
En 1988, los cazadores mataron ocho ejemplares. Un año después, Alfonso y sus
compañeros recibieron una llamada anónima alertando de la muerte de una hembra, que
había dejado huérfanas a dos crías. Gracias a la denuncia de estos pioneros del
conservacionismo, la Guardia Civil montó un operativo tan ejemplar como eficaz que
culminó con la detención de los furtivos y el hallazgo de los oseznos. Hoy, la caza
ilegal es afortunadamente casi una anécdota, y aquellas dos crías tienen ya 15 años. Se
llaman Paca y Tola, viven en cautividad en la localidad asturiana de Proaza, y son a la
vez un reclamo turístico, un ejemplo vivo de educación ambiental y un símbolo para la
supervivencia de la especie. Se encarga de ellas la Fundación Oso de Asturias,
dependiente del Gobierno autónomo y dirigida Javier González, otro infatigable luchador
en pro de su conservación
Paca y Tola son también un reconocimiento a los esfuerzos del Fondo para la Protección
de los Animales Salvajes (Fapas), nacido en 1982 gracias a Alfonso y a un puñado de
ecologistas, como su hermano Roberto Hartasánchez, el presidente. Financiada con las
cuotas de los socios, los miembros de esta veterana organización con sede en Llanes
(Asturias) conocen como nadie la situación del oso. Somos optimistas con la boca
pequeña, sobre todo desde hace tres años, resume Alfonso. A partir de esa fecha se
ha observado un paulatino aumento de los ejemplares. En 2001 se contabilizaron una decena
de oseznos, y la cifra subió a 15 al año siguiente. Los datos más optimistas hablan de
118 animales en el occidente de la cordillera.
La situación del plantígrado en España muestra la ferocidad con que fue perseguido. El
Libro de la Montería de Alfonso XI, del siglo XIV, da cuenta de su presencia en Castilla.
A partir del siglo XVII se localizan sólo en el norte de la Península, y en el XIX
sobreviven en la Cordillera Cantábrica y en los Pirineos. En la primera región, la
población actual está dividida en dos zonas. La occidental se extiende por Asturias,
Castilla y León y Galicia; en sus 2.600 kilómetros cuadrados se concentra ese centenar
de ejemplares. En los 2.480 kilómetros cuadrados del reducto oriental de la cordillera
viven no más de 30, amenazados por un alto grado de consanguinidad y una pobre tasa de
reproducción. Los machos duplican en número a las hembras.
En el Pirineo, sin embargo, sólo quedan tres machos tras la muerte, el 1 de noviembre, de
la hembra Cannelle por los disparos de un cazador. La población autóctona desaparecerá.
Amigo del hombre. A diferencia de otros territorios donde ha sobrevivido, como
Alaska, inmensos y poco poblados, el oso ha debido acostumbrarse en España a la continua
presencia del ser humano. Éste quizá sea uno de los fenómenos que más asombra al
profano. Paseando con Roberto por los caminos del monte asturiano, el presidente del Fapas
comenta la profunda humanización del territorio. El animal, claro está, evita el
contacto con el hombre, pero no su vecindad. Es cerca de las aldeas desperdigadas, o de
las brañas de los pastores, donde halla el alimento más buscado: castañas, bellotas,
manzanas, maíz, incluso miel y, de forma excepcional, ganado. A la vez, encuentra refugio
y soledad, tan indispensables, en roquedos inaccesibles. El urbanita se sobrecoge y a la
vez se admira de que más de un centenar de espléndidos animales salvajes merodeen por un
espacio compartido con el hombre desde hace miles de años. Quién no recuerda en estas
tierras los relatos de los paisanos de mayor edad, narrando su particular encuentro con el
oso.
El mismo asombro del vecino de la ciudad se dibuja en los rostros de los estudiosos
extranjeros, maravillados cuando encuentran sus huellas a escasos 100 metros de las
viviendas. Pero, a pesar de esta cercanía, verlo es siempre un raro privilegio. Cientos
de kilómetros de caminata por el monte le costaron a Alfonso la contemplación del primer
ejemplar. Oscurecía en un camino estrecho cuando lo vi. Al principio pensé que se
trataba de una persona que estaba agachada. Se fue enseguida, y traté de seguirle
mientras se ocultaba. El naturalista tuvo suerte en un par de ocasiones más. Hace
tres años, en Palencia, iba siguiendo un rastro muy fresco. Pensaba que era un corzo
cuando le localicé junto a un abedul de ocho metros. Se estaba rascando contra el tronco.
Como ve muy mal, se dirigió hacia nosotros. A unos 15 metros de donde nos encontrábamos
le debió llegar nuestro olor, y se fue. El oso cantábrico es muy tímido y poco
agresivo. Jamás tuve sensación de peligro, he pasado más miedo ante un jabalí o el
perro mastín de un pastor. La primera reacción es de emoción. Quizá el encuentro
menos tranquilizador lo tuvo lejos de sus montañas cantábricas, en los Cárpatos, donde
se topó con una hembra y sus crías.
En su casa de Somiedo, Alfonso ha contado con la inestimable ayuda de Baldomero Álvarez,
más conocido como Mero, el que fuera guarda mayor de los valles oseros hasta su retiro en
1997. Desde entonces colabora con el Fapas. Juntos, han compartido innumerables
experiencias en sus campeos, han luchado contra el furtivismo y se han hecho respetar en
un entorno rural poco amigo de los intrusos. En ese sentido, el exhaustivo conocimiento de
Mero, de la zona y de sus habitantes, ha sido crucial.
Como también lo fue la ayuda de otro guarda insigne, Lolo, para Guillermo Palomero,
presidente de otra entidad conservacionista, la Fundación Oso Pardo. Al igual que
Alfonso, Guillermo, de 48 años, se sintió deslumbrado por la llamada del oso y a su
encuentro partió, hace ya más de 20 años. Después de tres o cuatro preciosos
años de búsqueda, vi al primero, en 1982. Entonces el medio era muy hostil, había mucho
furtivo. Yo aprendí en las cocinas de los viejos y de guardias extraordinarios como Lolo.
Ya llevaba tiempo pateándome el monte sin ver un oso, estaba frustrado y a punto de
dejarlo. Un día, Lolo me llamó. Había visto un ejemplar por Somiedo. Subí al monte con
mi cuatro latas y empezamos andar después de un cafetín. Nos apostamos en una roca y nos
pusimos a mirar a la ladera de enfrente. Ahí está, dijo Lolo con su deje
asturiano. La vegetación en la zona era tan enmarañada que no le vi y desapareció. Pero
volvió a salir. Era magnífico, con la cabeza aleonada, cogiendo los aires entre los
abedules. No me decepcionó ni un ápice. Fue maravilloso, estaba muy emocionado.
Desde entonces, Guillermo, otro de los hijos de Félix (Rodríguez de la Fuente),
como él mismo se define, ha visto muchos ejemplares, a los que ayuda desde la entidad que
preside. Entre sus líneas de actuación, la Fundación Oso Pardo, con sede en Santander,
compra en régimen de copropiedad fincas para favorecer la reproducción. En sus tierras
viven entre tres y cinco hembras con sus crías. También fomenta programas para que los
escolares conozcan el país de los osos, y patrullas de guardas. Son ya 24,
explica Guillermo, chicos y chicas de las zonas rurales, que tienen pasión por la
montaña y están volcados en defender lo suyo.
El deshielo. Dentro de unos dos meses, los ejemplares cantábricos detectarán el
aumento de la temperatura e irán abandonando su letargo. Cuando la nieve comience a
derretirse, los adultos iniciarán largas caminatas para encontrar alimento: bellotas,
conservadas bajo el hielo, larvas de insecto en la madera podrida... Son omnívoros y la
experiencia les ha enseñado a conseguir una dieta variada, el 85% vegetal. Aunque
últimamente muestran predilección por la carroña.
En los primeros días de verano, los oseznos, nacidos en este mes de enero, pesarán cinco
kilos. No buscarán la primera pareja hasta los cinco años, y serán ancianos a los 20.
El macho adulto mide dos metros, desde el hocico a la cola, y no supera los 200 kilos de
peso. En esos días calurosos aprovecha para atacar al ganado, quizá una oveja o un
potrillo, que sus dueños dejan solos para ocuparse de las labores agrícolas. Como mucho,
el ganado representa el 8% de su dieta. Los daños no son importantes: cada ejemplar
cuesta al año unos 1.000 euros. El pago puntual de las indemnizaciones con dinero
público ha sido decisivo para que su imagen se fuera tornando cada vez más positiva en
el ámbito rural.
Como muestra el excelente trabajo de Alfonso Hartasánchez, el oso pardo tiene una
querencia especial por los árboles, en los que se restriega en una de sus estampas más
características, dejando señales para ser localizado por otros animales. Una pareja
ocasional, por ejemplo. El óvulo fecundado no se desarrolla hasta el otoño y las crías
son tan frágiles como las humanas: del tamaño de una rata, apenas 350 gramos, casi
ciegas, casi sin pelo. El ciclo comenzará de nuevo en el refugio invernal. Los adultos
permanecerán allí entre uno y cuatro meses, aunque se ha constatado que algunos casi no
hibernan. Las temperaturas son menos bajas y a los más jóvenes les compensa en términos
energéticos procurarse alimento y no dormir.
En el bosque les espera toda una galería de amigos. Alfonso, Roberto, Javier,
Guillermo... Luchan contra los máximos peligros, que son hoy la destrucción de su
hábitat y la caza contra otros animales, como el jabalí. Las batidas son especialmente
dañinas para el plantígrado, pues le obligan a desplazarse y algún ejemplar ha sido
alcanzado, presuntamente confundido con un jabalí. Los lazos utilizados en la caza
furtiva también son una seria amenaza, sobre todo para los ejemplares jóvenes.
La retirada de esos lazos es uno de los desvelos de Alfonso Hartasánchez, que deja
ocasionalmente su refugio invernal de Somiedo para evitar que las batidas molesten a los
animales en las oseras. En el monte vigila si algún ejemplar se ha visto obligado a dejar
su cubil: Busco rastros en la nieve....
Fundación Oso Pardo. Tel.: 942 23 49
00; www.fundacionosopardo.org
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